Me arranco la piel. Hace días o hace años. Siempre. Hoy, se me cae sola. Los pedazos cuelgan, ya no sé si duelen. Achicharrados. Mordidos, babeados. Resecos. Separados de tiempos pasados. Se quieren ir de mi cuerpo; quién querría vivir en un escondite de mil palabras que no se animan a salir, de gritos que no son nunca gritados, de ojos que ya no pueden llorar. No saben. Pero ya no duele, no sabe doler. O el dolor es tan grande que no se siente ya, o tan inexistente que de inventos no se hizo el mar. Limbo. No. Insensibilidad en respuesta a la sensibilidad extrema, ingenua, infantil, que te suicidó tantas muchas veces. Tantos nunca más. Al final, vivimos de falsas promesas. Quiero escapar, por primera vez, de este verano, responsable de la descamación no metafórica, la menos dolorosa.
¿Los dedos sabrán llorar? Quieren. Mi cuerpo, intoxicado y agotado, descoordinó las tareas. Ninguna de las veces que toqué el cielo con la mente, con mi parte no material, estaba bajo la influencia de alcohol, drogas, personas adictivas.
Harta de las lagunas mentales, del correo de voz de martín, de la arena en mi cama y de la repetición en serie, me propongo retirarme. A otros mundos, a otras dimensiones, a distintas sensaciones viejas y entrañables. Entro en una cajita de madera, en una playa, en la noche y sin el sol que me desnudó la piel. Me ilumina una vela, un fuego que late y me fascina; libre, frágil, expuesto y vulnerable, quizás fugaz, nunca eterno. Seguro que piensa menos de lo que siente y lo que lo mantiene vivo es no perder su cable a tierra.
Hablar con desconocidos, tan difíciles de encontrar en este país. Centrar la atención en verduras y ancianos, en ser de la naturaleza, y ya no pensando, por un rato, en que mis besos ya no son hermosos. Ni mis ojos, ni mi risa, ni mi niñez eterna; mi pelo despeinado, mi remera, mi ausencia de remera ya no es un hecho ni es hermosa. La palabra hermosa se ha ido de vacaciones, sin mí, este puto verano que arranca la piel.
¿Los dedos sabrán llorar? Quieren. Mi cuerpo, intoxicado y agotado, descoordinó las tareas. Ninguna de las veces que toqué el cielo con la mente, con mi parte no material, estaba bajo la influencia de alcohol, drogas, personas adictivas.
Harta de las lagunas mentales, del correo de voz de martín, de la arena en mi cama y de la repetición en serie, me propongo retirarme. A otros mundos, a otras dimensiones, a distintas sensaciones viejas y entrañables. Entro en una cajita de madera, en una playa, en la noche y sin el sol que me desnudó la piel. Me ilumina una vela, un fuego que late y me fascina; libre, frágil, expuesto y vulnerable, quizás fugaz, nunca eterno. Seguro que piensa menos de lo que siente y lo que lo mantiene vivo es no perder su cable a tierra.
Hablar con desconocidos, tan difíciles de encontrar en este país. Centrar la atención en verduras y ancianos, en ser de la naturaleza, y ya no pensando, por un rato, en que mis besos ya no son hermosos. Ni mis ojos, ni mi risa, ni mi niñez eterna; mi pelo despeinado, mi remera, mi ausencia de remera ya no es un hecho ni es hermosa. La palabra hermosa se ha ido de vacaciones, sin mí, este puto verano que arranca la piel.
Leí por ahí que ya no hay sexo ni rock and roll. Maldigo haberme quedado sólo con la droga.


